Notas

Es Jonathan Goldberg[1] quien llama la atención sobre el último capítulo del libro II de The Arte of English Poesie,  que Puttenham cierra con una anécdota en la que el cortesano Philino aconseja  a  Polemon sobre cómo conducirse en la corte para obtener el favor del rey. Este último es hombre de campo, honesto pero bastante ingenuo, y tiene una hija bella y joven, que ocupará un lugar nodal en el sucinto consejo de Philino, que se profiere de manera tan poco clara como imposible de trasladar al inglés moderno o traducir, sin perder en esencia todo voluntario equívoco:

Your best way to worke-and marke my words well,
Not money: nor many,
Nor any: but any,
Not weemen, but weemen beare the bell[2].

[esto es lo mejor que puedes hacer, y presta mucha atención a mis palabras:
que no medien monedas , ni muchas
ni pocas, sino alguien que
no sea varón (“we men”), pero no-varón sea (women) se lleve el premio].

Puttenham –que sugiere que para sobrevivir en el ambiente cortesano es necesario “speake otherwise then we thinke” (III, 18)- explica a sus lectores que podrían acercarse al significado del oscuro acertijo si consideran que: “Las sutilezas yacen en la acentuación y en la ortografía de estas dos palabras [any] y [weemen], puesto que [any] puede dividirse en dos sonidos [a nie, es decir neere], para referirse a persona que es cercana al rey: y [weemen] puede dividirse o no en dos sonidos wee men y weemen”.[3] Teniendo esto en cuenta, el acertijo también podría traducirse:

“que no medien dineros: ni muchos,
ni allegados, sino cualquiera
que no sea hombre, sino mujer, se llevará el premio”

Goldberg  señala que la crítica ha interpretado el episodio desde diferentes puntos de vista. Por una parte, el de Philino, quien vigila de cerca los intereses que intervienen en la lucha por el control de las producciones culturales. Por otra parte, están las preocupaciones de Polemon que entiende que para obtener buenos resultados debe poder manejarse en un medio en el que saca mejor partido quien mejor maneje las estrategias del disimulo. Y, finalmente, desde el punto de vista de la hija de Polemon, quien ocupa el lugar de una pieza en un juego de ajedrez, que se despoja de sentimientos para mejor servir como vehículo de los deseos masculinos (o de una función anómala para una mujer, como fue la de Elizabeth I, cuya figura soberana se construye para neutralizar toda asociación con lo femenino en tanto elemento debilitador de su estatuto de poder). Lo que queda claro, de todos modos, es que la joven no es la acreedora del beneficio obtenido de la transacción.

Lo que por otra parte surge de este brevísimo fragmento es que literatura, género y movilidad de clase son elementos cuyos vínculos no podemos desconocer al analizar esos discursos pretendan fijar desde un ars dicendi cierta distribución de papeles que tienda a borrar discontinuidades entre “sexo, género, práctica sexual y deseo”[4]. La espectacularidad que se genera en la acumulación de las diferencias y en la profusión de lo indiferenciado (el espacio de la corte, el escenario teatral, las calles de una Londres que se ha vuelto cosmopolita) produce atracción y espanto[5].

A lo largo del Renacimiento se produce una revalorización de los discursos de la Antigüedad clásica y una utilización de imágenes de las divinidades olímpicas que, si bien manifiestan el deseo de revivir ideales estéticos pretéritos, lo hacen apelando a una respuesta emocional, intelectual y moral contemporánea. Es en este contexto que los poetas –como propone Barbara L. Estrin[6]– bien podrían alternar sus máscaras de Apolo o de Adán ante una dama esquiva y sin voz que, como lo fue la Laura de Petrarca. Y esta tendrá entonces de asumir el papel de Dafne o de Eva, y será ángel, santa, diosa o pecadora para satisfacer estereotipos perpetuados por una tradición poética que se renueva en las formas pero se muestra renuente a abandonar la heterosexualización del deseo. Christina Rossetti supo interpretar este aspecto con extraordinaria lucidez al escribir su ciclo de poemas Monna innominata a fines del siglo XIX. Es también en este sentido que considero oportunas las indicaciones de Butler, cuando dice:

Si el “yo” es el efecto de una cierta repetición que produce la apariencia de una continuidad y una coherencia, entonces no hay un “yo” que preceda al género al que dice representar. La repeti­ción y su ausencia producen un conjunto de actuaciones que cons­tituye e impugna la coherencia de este “yo”[7].

La heterosexualización del deseo exige e instaura la producción de oposiciones discretas y asimétricas entre «femenino» y «masculino», entendidos estos conceptos como atributos que designan «hombre» y «mujer».[8]

Cabe destacar que en Inglaterra, a lo largo de los siglos XVI y XVII, se dan a conocer los primeros textos escritos por mujeres que comienzan a competir por una visibilidad que se reclama en el terreno de una representación a la vez textual y social. Inspirada por una férrea defensa de su posición doctrinal que sostiene aun bajo las presiones del tribunal inquisitorial y la tortura, Anne Askew asume el esperado papel de la mujer sumisa, cuando pronuncia:

I am a woman poor and blind
and little knowledge remains in me,
Long have I sought, but fain would I find,
what herb in my garden were best to be. […][9]

[Soy una mujer pobre y ciega
y muy poco conocimiento queda en mí,
demasiado he buscado, y habría hallado con deleite
cuál hierba en mi jardín podría crecer mejor].

Los versos se revelan en ella, e inextricablemente, un artificio retórico de captatio benevolentia y la máscara poética necesaria para obtener mayor atención y apreciación por parte del lector de sus versos. Asimismo, en casos como los de Askew, la creencia religiosa se revela una ciudadela inexpugnable tras la que escuda su derecho a pensar, decir y sentir sin imposiciones.

(Elina Montes)

[1] Sodometries. Renaissance Text, Modern Sexualities.

[2] Puttenham, George: The Arte of English Poesie, en: http://web.archive.org/web/20081012044941/http://etext.lib.virginia.edu/toc/modeng/public/PutPoes.html

[3] Cf. Kegl, Rosemary. The Rhetoric of Concealment: Figuring Gender and Class in Renaissance Literature, parcialmente disponible en:  https://books.google.com.ar/books?id=BaMJpWM1hKkC&pg=PA31&lpg=PA31&dq=%22beare+the+bell%22&source=bl&ots=VlTOFyqWrY&sig=F267fR92WRwED7aI42aWFPFQmMg&hl=es&sa=X&ei=D45CVc7IMoGENsnUgegN&ved=0CCUQ6AEwAQ#v=onepage&q=%22beare%20the%20bell%22&f=false

[4] Butler, Judith. El género en disputa, p. 72.

[5] Harrison, William. “De nuestros atuendos”, Descripción de la Inglaterra isabelina, cap. VII.

[6] Laura. Uncovering Gender and Genre in Wyatt, Donne, and Marvell.

[7] Butler, Judith. “Imitación e insubordinación de género”, en http://masculinidad-es.blogspot.com.ar/2011/12/judith-butler-imitacion-e.html

[8] Butler, J. El género en disputa, p. 72

[9] A Ballad of Anne Askew: http://www.wwnorton.com/college/english/nael/16century/topic_3/asballad.htm

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