El spleen

Un poema pindárico

¿Qué eres, spleen, que todo te imita?
Tú, Proteo de la humanidad violentada
quien nunca puede hallar tus causas,
o bien obligarte a permanecer bajo una única forma.
Varías tu forma desconcertante,
ahora representas un mar muerto,
una calma de tonto malestar,
luego, rompes contra las rocas la débil rabia en una tormenta.
A veces apareces tembloroso,
disuelto en un miedo pánico;
tus sombras se esparcen en el sueño y te entrometes,
tus terrores sombríos rodean la cama silenciosa,
y pueblas con sueños ominosos la mente melancólica.
O bien, cuando se cantan la medianoche,
y los párpados caídos tú todavía sostienes despiertos,
tus vanas quimeras engañan a los ojos,
ante ellos bailan grotesco espectros,
insólitos fuegos salen de sus cabezas puntiagudas,
y ascienden fantasmas aireados.
Tal fue la monstruosa aparición que fue vista
cuando Bruto (oprimido por sus inquietudes,
y con toda la suerte de Roma retumbando en su pecho,
antes de la última campaña de Filipos,
antes de que su destino aventajara a Octavio)
fue vencido por el spleen.

Culpamos falsamente a la parte mortal
o a nuestro cuerpo deprimido y pesado, que
hasta que dejaste pasar el primer pecado degradante
tú, torpe asistente,
aún cumplía con lo demás
y no atascaba el alma activa, dispuesta a volar
y alcanzar las mansiones de su cielo nativo.
Tampoco lo hacía mientras moraba en su propio cielo,
mientras el hombre poseía el Paraíso,
su jardín fértil y su Este flagrante,
y podía oler todos los perfumes reunidos,
ninguna dulzura peligrosa, mientras reinó,
pudo ultrajar los sentidos, o colocar en su rostro
un color ruborizado y poco placentero.
Ahora hasta el junquillo vence al débil cerebro;
nos desmayamos bajo el influjo aromático,
hasta que algunos olor ofensivos apacigüe tus poderes,
y resignemos el placer ante un alivio nauseabundo.

En cada uno, en verdad, detentas su poder,
nuevos son tus movimientos y ropajes:
ahora en algún jardín un oído amigable
presta atención a tus falsas sugerencias
a las penas susurradas, oye tus imaginadas tristezas
exhaladas en un suspiro y atestiguadas por una lágrima,
mientras que en la multitud voluble y vulgar,
tus siervos, más ruidosos y estridentes,
con risas espontáneas, también confiesan tu influencia.
Tus vapores están en la mujer arrogante,
y suben de las pasiones sobreexcitadas,
en las nubes, al cerebro que los atrae,
hasta que descienden de allí nuevamente,
a través de los ojos nublados y llorosos,
al corazón ablandado de su marido,
él tiene que ceder en el asunto en disputa,
resignar algo en el campo contendido;
Hasta el hombre con señorío, nacido en dominio imperial,
se alista para la paz, y a hacerlo de inmediato,
y a la mujer, dotada de spleen, obedece servilmente.
El loco, para imitar a los ingeniosos,
se queja de tus ataques fingidos,
y la torpeza, que le sobreviene, sería de
tu dominio accidental;
porque, a veces, tú presumes
llegar a las cabezas más capaces:
tanto que a menudo, hombres de pensamientos refinados,
impacientes en desigual sentido,
por las retribuciones tardías a lo que dispensaron con creces.
se retiran de la multitud con sus sombras inclinadas.
¡Por mí, ay! tú prevaleces demasiado:
siento tu fuerza, mientras te recrimino;
siento que mi poema desfallece y mis apretados versos desfallecen.
A través de tu negra ictericia veo todos los objetos,
oscuros y terribles como vos,
mis versos desacreditados y el pensamiento empleado son
una locura inútil, o una falta presuntuosa:
mientras me extravío en los caminos de las Musas,
mientras que en sus bosques y por sus fuentes secretas
mi mano se deleita en trazar cosas insólitas,
y se desvía de la forma conocida y común;
no compondré en sedas descoloridas,
débilmente, la rosa inimitable,
ni trazaré un ave de mal dibujado, o pintare sobre vidrio
la cara borrosa e indistinguible del soberano,
el ángel amenazador y el asna que habla.

Apadrinas cada ofensa grave,
la excusa fingida del marido hosco,
cuando gasta el mal humor con su esposa,
y soporta de sus amigos los chistes y las bromas renovadas.
El hijo de Baco suplica tu poder,
como con el vaso al que aún se dirige,
no pretende sino quitar tus penas,
le roba a tus sombras una hora alegra y sonriente,
y ahoga tu reino en una lluvia púrpura.
Cuando la Coqueta, a quien todo tonto admira,
en las variedades sea bella,
y, cambiando rápido de escena,
de ligera, impertinente y vana,
asuma un aire leve y melancólico,
y de sus ojos los fuegos insinuantes mengüen,
con la postura descuidada y la cabeza reclinada,
el rostro pensativo, y compuesto,
proclamando la retracción, la mente ausente,
permitiéndole al Petimetre más libertad para mirar,
quién pregunta suavemente por la tierna causa;
la causa, de hecho, es un defecto en el sentido,
si bien se alega spleen, y la apariencia aburrida.
Pero estos males fantásticos,
los trucos de tu escenario pernicioso,
que atraen a la especie más débil,
son peores que los terribles efectos de tus más poderosos encantos.
Por tu causa, la Religión, todo lo que sabemos,
que debería iluminar lo de aquí abajo,
está velado en la oscuridad, y embrollado
por ansiosas dudas, contrariado por un sinfín de escrúpulos,
y cierta limitación implícita en cada texto desvirtuado.
Mientras, no toques y no pruebes lo que libremente te es dado,
no es sino una voz miserable que deshonra el cielo generoso.
Refrenado en el habla, maltratado por tus engaños,
desterrado al desierto o encerrado en celdas,
devotos equivocados a los poderes divinos,
mientras que diseñan el más puro sacrificio,
sólo para obedecer al spleen, y adorar tu santuario.
En vano intentamos atraparte con todas las artes,
en vano aplicamos todas las curas,
en vano la infusión con el té indio,
o las bayas del este tostadas y molidas;
algunos pasan en vano, esos límites, y usan los más nobles licores.
Ahora la armonía, en vano, traemos,
sople la flauta, y toque la cuerda.
La armonía no vino en auxilio;
la música te alivia, si es demasiado dulcemente triste,
y si es demasiado ligera, te vuelve alegremente loco.
aunque el médico obtenga mayores ganancias,
aunque vea crecer su riqueza
incrementada a diario por los honorarios cobrados a las señoras,
sin embargo, frustras todos sus esfuerzos aplicados.
Ninguna ingeniosa mirada pudo encontrar tu origen,
o a través del cuerpo bien diseccionado localizar
el secreto, los modos misteriosos,
por los que tú sorprendes y haces presa de la mente
aun si la búsqueda, demasiado honda para el pensamiento humano,
con esfuerzo infructuoso operó,
hasta pensó que te había apresado, y él mismo por ti fue capturado,
hecho tu prisionero, tu esclavo reconocido,
y hundido bajo tu cadena a en una tumba llorada.

(Versión al español de Elina Montes. Texto en inglés, presione aquí)

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